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viernes, 1 de julio de 2011

De PalermoGolico a Palermo Étnico


Esta es la historia de un hombre como cualquiera de nosotros. Un hombre cuyo único error fue bajarse en la estación ONCE de la línea H. Se dirigía hacia su nuevo hogar, el cual estaba acondicionando para una mudanza precipitada. Se había levantado temprano, había desayunado un mate cocido bastante insípido y a la última tostada untó un poco de mermelada ecosistemizada. Como todas las mañanas saludo a Dominga, su portera, que se había empecinado en que su nombre era Cristian. El un tanto indignado por el equívoco en un principio había intentado corregirla, dos años de intentos fallidos lo convencieron de que se llamaba de esa forma.

Cristian camino las 10 cuadras que los separaban de la estación Carlos Gardel, casi no tuvo que esperar la formación que llegaba al mismo tiempo que él buscaba la posición exacta que lo dejara en el punto exacto para combinar con la línea H. Eran dos estaciones las que se interponían con su destino. Sin embargo, decidió bajarse una estación antes para aprovisionarse de un kilo de enduido que terminarían por tapar las marcas de una pared que se negaba aceptar que su tiempo de moho habían terminado.

Si hubiese sabido lo que el destino le deparaba hubiese optado por continuar con su ruta, pero que tan difícil podía ser. Pronto lo descubrió, se bajo y tomo la escalera mecánica que lo deposito en el segundo nivel, giro a la izquierda luego a la derecha y tomo una más que conducía ¿a dónde? ya había pasado por allí. Se encontró con la mujer que por alguna razón había repartido fragmentos de la revista Viva entre los pasajeros, a la espera de quien sabe qué. Allí estaba también el mismo tren en el que había llegado, lo reconoció por una pintada en su lateral "Cristina 2011" firmada por los Putos Peronistas.

¿Qué había sucedido? Sin darle demasiada importancia y atribuyendo la confusión a su somnolencia se decidió a atravesar nuevamente la escalera mecánica que lo condujo esta vez directamente al tercer nivel, le llamo la estación la necesidad de volver usar su SUBE para salir de la estación, pero cualquier cosa valía la pena con tal de escapar de aquella trampa urbana. Sobrepasado el molinete se encontró nuevamente en el andén, esta vez en el sentido contrario. Desesperado volvió al punto de inicio atreves de la vías, y apenas por unos segundos no fue atropellado por una formación que arribaba. Ya nada tenía sentido. Fue entonces cuando abatido, comprendió que sería imposible abandonar la Estación Once de la línea H. ¿Qué más daba? El necesitaba un hogar y ahora lo tenía…

Hay quienes dicen haberlo visto cruzando las vías en busca de una salida, subiendo y bajando indefinidamente las escaleras en las noches, y hasta escuche a un testigo, cierta vez, que afirmaba haber recibido de Cristian un fragmento de la revista Viva a la espera de quien sabe qué.

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